La celebración del septimo cumpleaños
conlleva una preparación muy cuidada.
Las niñas y los niños suben al estrado
antes de la presentación de Shannon.
Padre e hijo comparten la celebración del cumpleaños.
Marc y Jenny presentan a Shannon,
vestida de princesa, al público.
Josem, primero a la izquierda, se distrae mientras
sus compañeros contemplan al payaso.
Raymond, gesticulando como un cantante
de rock, posa con un amigo.
El parque de Poblenou es el sitio favorito
para celebrar los picnics en domingo.
El juego de cartas más popular en Filipinas es
el Tong-its, variante local del poker.
Los picnics al aire libre son una tradición muy
común en los filipinos residentes en el extranjero.
Los asistentes al picnic se mostraron muy
receptivos a lo largo de la sesión de fotos.
Al cabo de unos minutos de mi llegada,
se incorporaron dos nuevos invitados al picnic.
Los clásicos platos filipinos estaban acompañadosde frutas naturales, tales como platanos y uvas.
La familia es una presencia
constante en todas las reuniones.
La persona mayor de la reunión conserva
una posición de privilegio dentro del grupo.
Se calcula que el 81% de la población
filipina pertenece a la religión Católica.
La parroquia de Sant Agustí en la calle Hospital
es el centro de la comunidad.
Los bautismos suelen ser ensayados semanas
antes para poder controlar todos los detalles.
La velas azules en los bautismos simbolizan
la serenidad y la inteligencia.
La cabeza de los bebés es cubierta con un paño blanco,
después de ser uncidos con agua bendita.
No todos los asistentes al bautismo,
aprueban la presencia del fotógrafo.
El padre Abel oficia la ceremonia, rodeado de fotógrafos.
La virgen María ha sido desde siempre una de las figuras
más reverenciadas en el cristianismo filipino.
Eric, jóven encargado del restaurante Al Passatore.
Marife posa junto a Massimo, sin poder ocultar su timidez.
Mark, a la izquierda, atendió las terrazas sin permitirse
ni un descanso a lo largo de la sesión de fotos.
Brian se dispone a servir un café,
mientras Eric toma nota de un pedido.
Phoebe, colaboradora habitual del restaurante.
J.B. se incorpora de improviso al restaurante.
Melvin sirve con maestría un plato
de espaguetis con almejas.
Eric se despide del fotógrafo, con el reflejo del Pla
del Palau en la puerta de entrada del restaurante.
LA COMUNIDAD FILIPINA Mi primer recuerdo de la comunidad filipina de Barcelona, se produjo hace unos diez años, durante el transcurso de una festividad religiosa. Una veintena de jóvenes se dirigían cantando y riendo hacia la iglesia de Sant Just, ataviadas ellas con vestidos blancos y los varones con tejanos azules e inmaculadas camisas, también blancas. Fue uno de esos momentos, en los que uno lamenta haber dejado la cámara en casa. Al cabo de un tiempo, al tener que elegir el tema de un reportaje social, decidí centrar la mirada en la comunidad filipina de Barcelona, para de esta manera, conseguir obtener aquella imagen perdida años atrás. A lo largo del reportaje, me encontré con una comunidad de gran cohesión social, con una gran capacidad de trabajo y de adaptación al medio. En las diversas ocasiones en que pedí permiso para realizar fotografías, siempre obtuve un sí por respuesta. E incluso fui invitado a compartir con ellos su comida. Las imágenes de este proyecto, realizadas entre noviembre del 2009 y mayo del 2010, nos muestran cuatro facetas de su vida cotidiana: la religión, las celebraciones, el ocio y el trabajo. Todas ellas realizadas por los miembros de esta comunidad, de forma periódica y ordenada y siempre acompañadas con una sonrisa. La Religión A pesar que en Filipinas conviven diversas religiones (Protestantes, Musulmanes y religiones locales) la religión Católica es la mayoritaria, conformando el 81% de la población Filipina. Es en parte debido a esta creencia, la razón por la que la comunidad filipina se integra de forma natural a la ciudad de Barcelona, una ciudad que a pesar de su tradición laica y anarquista, aún conserva la no desdeñable cifra de 213 parroquias en activo. La comunidad filipina en Barcelona suele concentrase en el bario de El Raval, y es en la parroquia de Sant Agustí, situada en la plaza del mismo nombre (en la confluencia de la calle Hospital con Jerusalem), donde se reúnen los fieles para celebrar misa los domingos. El padre Abel, o father Abel como suele ser conocido, es quien oficia la misa y la hermana Marina fue quien me guió al presentarme en la iglesia a las cinco de la tarde, para realizar el reportaje del bautismo. Al entrar en la nave principal y dirigirme hacia el altar, se estaban realizando los ensayos de la Emanuel Charismatic Prayer Community. Un grupo coral formado formado mayoritariamente por mujeres, que cantaban sin dejarse distraer por los encuadres del fotógrafo. Acabados los ensayos, dejaron su puesto ordenadamente para dar comienzo a lo bautismos oficiados por el padre Abel. La ceremonia se centro en dos matrimonios y el número de padrinos era mayor al que solemos estar acostumbrados en otro tipo de bautismos. Otro hecho que me llamó la atención fue la naturalidad con la que los fotógrafos, amigos seguramente de la familia, realizaban su reportaje personal. El padre Abel continuó con su oficio como si los fotógrafos (yo incluido) no existiéramos y los jovencísimos matrimonios soportaban la presión de las cámaras de forma estoica. No hay que olvidar que algunos bautismos de la comunida filipina, a los que he asistido con anterioridad a este reportaje, revisten tal importancia, que incluyen ensayos la semana anterior a su “concreción”, o sea que cuando llega el momento de la verdad, los protagonistas siguen un guión ya establecido y cuando se oficia la ceremomonia estan a la altura de la de las circunstancias. Como elementos singulares del rito, observé el hecho que la cabeza del bebé es cubierta con un paño blanco después de ser uncida y la notoria juventud de los padres de los niños bautizados. La Celebración De todos los cumpleaños que revisten inportancia en la vida de una niña filipina, el de los siete años y el de los dieciocho son los principales. A través de Precy, encargada del catering de la fiesta, tuve acceso a la celebración del septimo cumpleaños de Shannon, celebrado en el Hotel Vergara de Barcelona. Al llegar al lobby del hotel y preguntar donde se celebraba el cumpleaños de Shannon, me encontré con una sala de grandes dimensiones y con las mesas dispuestas de tal manera, que recordaban a la cena de una boda. Los invitados, niños, familias y amigos, ya ocupaban su sitio en sus respectivas mesas y a los pocos minutos de mi llegada, comenzó la celebración. A grandes rasgos, la dinámica de la celebración no se diferenciaba mucho de cualquier otro cumpleaños, una madre ejercía de maestro de ceremonias, intercalando su protagonismo con un payaso y con una pareja de adolescentes que se encargaron de presentar a Shannon “en sociedad”. La niña es tratada como una princesa y su vestido debe reflejar este tratamiento. Como en otras ocasiones, las niñas asistentes vestían vestidos blancos y los niños pantalones negros o tejanos y camisas blancas, una constante en el vestir que no deja asombrame por su elegancia y simplicidad. Al preguntar la razón de porque cumplir siete años reviste tanta importancia en la vida de una niña y no encontrar una respuesta, recordé que muchos educadores consideran que a esta edad se comienza a formar la personalidad de un individuo. Podría influir también, el hecho que tanto en Asia como en Medio Oriente, el número siete siempre ha revestido un carácter mágico y simbólico. El Ocio El ejemplo del Picnic reflejado en este reportaje, resume la importancia que tiene para esta comunidad el encuentro, la familia y la alimentación. Siguiendo como siempre las indicaciones de Precy, mi guía social, me dirigí al parque del Poblenou un domingo al mediodia, en búsqueda de un grupo de personas que merendasen al aire libre. Después de cruzar el trayecto que lleva de la estación de metro de Poblenou al paseo marítimo, me encontré con un grupo de filipinos que disfrutaban tranquilamentede de su domingo al aire libre, concentrados en su reunión y sin prestar demasiada atención a lo que sucedía a su alrededor. A mi pregunta de si podía tomar fotos para un reportaje, respondieron afirmativamente sin inmutarse. Tres mujeres jugaban a cartas, casi seguro que el juego era el Tong-its, un poker filipino de orígen desconocido y muy popular entre personas de todas la edades. Las madres cuidaban de sus hijos, presididas por la mirada apacible de la abuela, que descansaba sentada en el cesped, otorgando a la reunión su mirada de aprobación. La comida que dsfrutaban era 100% filipina: noodles salteados y deliciosos pinchos de pollo acompañados de frutas naturales como platanos y uvas. Al cabo de un rato llegaron dos nuevos visitantes, que se incorporaron rápidamente al picnic, compartiendo con la comida sin mediar casi palabra. El Trabajo Todos estos estadios en la vida de la comunidad filipina, no serían posibles sin la existencia de un puesto de trabajo que aporte el sustento necesario. Para retratar este aspecto de su vida, me dirigí al restaurante Al Passatore del Pla del Palau de Barcelona, local que conocía de primera mano y regentado en su mayoría por personal filipino. Para mi sorpresa, el encargado del local era Eric, uno de los más jóvenes de la plantilla. Durante la semana el restaurante tiene un ritmo normal, contrastado con la gran afluencia turística de los fines de semana. El viernes al mediodía que elegí para realizar las fotos, toda la plantilla se mostró participativa con el reportaje, dejándome incluso entrar a la cocina para realizar fotografías. A pesar de la tensión que suele vivir en los restaurantes cuando aumenta el número de clientes, aquí siempre suele reinar el buen humor. Ambiente que probablemente este marcado por las características de este pueblo, que sabe adaptarse a la circunstancias, evitando los conflictos a pesar de las diferencias. Andrés Salvarezza, mayo 2010. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------- Agradecimientos: Este proyecto ha sido posible gracias a la colaboración de Josephine, Eddie Boy y Precy Romero del restaurante Fil Manila (The best filipino cuisine), la hermana Marina y el padre Abel de la parroquia de Sant Agustí y Eric de Al Passatore.
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